martes, 1 de abril de 2008

Prim


Presidente del Consejo de Ministros del 16 de junio de 1869 al 27 de enero de 1870

Juan Prim y Prats, Conde de Reus, Marqués de los Castillejos, Vizconde del Bruch, fue, según Ballesteros, “El hombre de Estado más hábil del siglo XIX”. Su personalidad sobresale de la mediocridad de los demás compañeros generales. Prim, según Seco Serrano, reunía el talento organizador de Narváez y la prudencia y equilibrio de O´Donnell. Oliver Bertrand, su biografo, ha subrayado sus perfiles demasiado conservadores para encabezar una revolución "Se sentía Prim muy liberal y nada demócrata. La doctrina socialista le producía escalofríos". A pesar de ello, fue uno de los personajes más populares de la Historia de España, a lo que contribuyó también su trágica muerte.

El general nació en Reus (Tarragona) el 6 de diciembre de 1814. Desde su juventud acumuló honores y recompensas. A los veinticuatro años ya era coronel y había sido condecorado dos veces por su conducta heroica en las guerras carlistas. Gobernador militar de Madrid, capitán general de Puerto Rico, diputado en Cortes, siempre hombre de acción, el episodio que le dio mas fama fue la acción de Los Castillejos en la guerra con Marruecos (1860), donde recogió del suelo la bandera que portaba un alférez muerto y enarbolándola condujo a sus tropas hacia la victoria.

En 1868 encabeza la revolución septembrina llamada “La Gloriosa” que destrona a Isabel II y pone fin a más de treinta años de Monarquía constitucional, dando paso al ensayo de una nueva forma de gobierno, la Monarquía democrática, basada en los dogmas de la soberanía nacional y del sufragio universal.

De esta época (1868) es el famoso retrato que le hizo de Henry Regnault, hoy en el Museo de Orsay de Paris, donde el general aparece al frente del pueblo y que no gustó a Prim quién se quejó airadamente al pintor de que le había prestado un aspecto “indecente” de “hombre que no se había lavado la cara”, por lo que la obra quedó en poder de su autor. Otras imágenes coetáneas nos muestran al general de baja estatura, sobriamente vestido, de militar o de civil, en su natural desaliño.

El establecimiento de la Monarquía democrática, recuerda Palacio Atard, se hará en dos tiempos. Primero, la aprobación de la Constitución de 1869, que en su artículo 33 disponía la forma monárquica del Estado. Segundo, la elección del Rey. Mientras esta complicada operación política se realiza, la alta magistratura del Estado recaerá en una Regencia. Pero el control del poder estará en manos del nuevo jefe del Gobierno, Prim, mas que en las del regente, Serrano. Por eso al ser éste elegido Regente, Castelar diría aquello de que “se le encerraba en una jaula de oro para que gobernara Prim”.

Le correspondía, en efecto, a Prim, dirigir la Revolución más que representarla. Fernández Almagro nos lo refiere así:
Héroe de de valor temerario en Los Castillejos, espíritu sagaz y hábil en la retirada de México, conspirador sutil y tenaz, tribuno de personal estilo, voluntad flexible, talento claro, previsor en el cálculo, resuelto en la acción era Prim el llamado a partear un nuevo régimen sin enemigo la vista, de no ser el mismo, por las desigualdades de carácter a que le llevaba su impresionabilidad y una excesiva inclinación a menospreciar obstáculos de la índole que fueren”.

El mismo día de su juramento como Regente, Serrano confió a Prim la formación de un nuevo
Gobierno que sustituyera al Gobierno provisional, donde Prim ocupaba la cartera de Guerra. De aquel Gobierno, del que Prim siguió reservándose la cartera de Guerra, continuaron Figuerola, Topete, Sagasta, y Ruiz Zorrilla al frente de las carteras de Hacienda, Ultramar, Gobernación y Fomento y entraron nuevos los unionistas Manuel Silvela y Cristóbal Martín Herrera, en las carteras de Estado y Gracia y Justicia, respectivamente. Al dimitir este último, al mes de su toma de posesión, Prim lo sustituyó por Ruiz Zorrilla y a éste por Echegaray, en la cartera de Fomento. A Figuerola, dimitido en Hacienda a la vez que Martín Herrera, lo sustituyó por Constantino Ardanaz y, ahondando más en la crisis, aprovechó para cambiar a Topete por Manuel Becerra en Ultramar. Todavía habría más cambios en el Gobierno porque el 1 de noviembre de 1869 salieron del Ministerio Silvela y Ardanaz para que entraran Cristino Martos en Estado y volviera otra vez Figuerola a Hacienda y aún el 9 de enero de 1870 se produciría una renovación de mayor alcance quedando el Gobierno constituido, una vez ratificada la confianza del regente en Prim, presidente del Consejo y ministro de Guerra, con Sagasta en Estado, Montero Ríos en Gracia y Justicia, Topete en Marina, Rivero en Gobernación, Echegaray en Fomento y Becerra en Ultramar. Tales idas y venidas de ministros respondían a los vaivenes propios de las disensiones entre los partidos que hicieron la Revolución: progresistas, unionistas y demócratas deseosos de alcanzar sus propias cotas de poder y cuyas intereses contrapuestos intentaba Prim conciliar a toda costa.

La tarea primordial del Gobierno fue la afirmación del principio de autoridad, gravemente comprometido por el alzamiento federal de octubre de 1869 y al que no favorecía la sensación de interinidad que daba el Gabinete hasta tanto no se contara con la persona que encarnara a la institución monárquica. Las circunstancias apremiantes creadas por el alzamiento liberal dieron pretexto a la supresión de las garantías constitucionales por ley de 5 de octubre a la vez que se autorizaba al Gobierno a declarar el estado de guerra donde creyera conveniente. La insurrección federalista que se apoyaba en los pactos “sinalagmáticos”de las juntas locales, y que adquirió en algunas ciudades, como en Valencia, connotaciones de extrema violencia, pudo finalmente ser sofocada, quedando como secuela suya, en Andalucía, un recrudecimiento del bandolerismo, al que se unieron otros factores de subversión como el levantamiento de partidas carlistas y la insurrección cubana iniciada con el grito de Yara.

La elección del nuevo rey comprometió seriamente el entendimiento entre los partidos. El duque de Montpensier era el candidato preferido por la Unión Liberal, mientras que Fernando de Coburgo, rey viudo de Portugal, lo era de los progresistas. Prim trataba esforzadamente de lograr un equilibrio, aunque tenía otra alternativa en reserva: la casa de Saboya. La candidatura de Montpensier perdió toda posibilidad luego de que éste diera muerte en desafío al infante don Enrique de Borbón y en cuanto al candidato portugués, aunque se le insistió varias veces, acabaría por rechazar la propuesta. La candidatura del general Espartero, propiciada por Salmerón tampoco fue aceptada por éste debido a sus “muchos años y poca salud”. Prim, que con sus tres famosos “jamases” había cerrado el camino a un posible retorno de los Borbones, tentó al príncipe Leopoldo de Hohenzoller Sigmaningen. Fracasada también esta gestión diplomática que incidentalmente dio pretexto para el comienzo de la guerra franco prusiana de 1870 y rechazadas enérgicamente por Prim las propuestas insinuadas por el Gobierno francés de constituir una República en España (“he preferido el papel de Monck al de Cromwell”), lo intentó de nuevo con la casa de Saboya, con la que ya se habían tenido contactos anteriores. El 2 de noviembre de 1870 hizo pública Amadeo, duque de Aosta, su aceptación, condicionada al beneplácito de las potencias, siendo elegido “rey de los españoles”, por 191 votos a favor sobre 334 posibles en sesión extraordinaria de las Cortes celebrada el 16 de noviembre de 1870. Comunicado oficialmente el resultado a D. Amadeo, embarcó éste rumbo a Cartagena pero un acontecimiento trágico estuvo a punto de dar al traste con todas las pretensiones de su reinado: el asesinato de quién era su principal valedor: el general Prim.

El 27 de diciembre de 1870 hacía mucho frío y sobre Madrid caían espesos copos de nieve. Prim que había contestado en el Parlamento en tono amable al diputado Alvarez Bugallal abandona eufórico el banco azul a media tarde porque tiene que asistir esa noche a un banquete y al día siguiente partir para Cartagena a recibir al nuevo rey. A un grupo de federales reunidos en torno a una estufa en la sala de conferencias les advierte, entre humorista y amenazador “Que haya juicio, porque tendré la mano dura”. “Mi general, -responde uno de ellos, quizás Paul y Angulo- a cada uno le llega su San Martín”. En la calle de Floridablanca le espera la pequeña berlina que ha de conducirle a su domicilio. Al pasar por la calle del Turco (hoy marques de Cubas) un carruaje impide el paso hacia la calle de Alcalá. En la penumbra, unos embozados disparan sus trabucos contra el coche presidencial. El cochero fustiga los caballos que, al galope, salvando los obstáculos, conducen al general herido hasta el Palacio de Buenavista cuyas escaleras de acceso sube por su propio pie, desangrándose. La agonía dura hasta las cuatro de la mañana el día 30 de diciembre.
La autoría del asesinato de Prim es uno de los enigmas de la Historia de España que aún está sin resolver. Las mayores sospechas recaen sobre el diputado republicano, Paúl y Angulo, quién desde las páginas del periódico “El Combate” había amenazado de muerte al general. “Hay que matarle como a un perro”. Otras pistas conducen, sin embargo al entorno del Duque de Montpensier, al general Serrano, a la masonería o incluso a los negreros de La Habana amenazados por las reformas que Prim proyectaba. La causa instruida al efecto -más de 18.000 folios tampoco aclara definitivamente la cuestión.

El cadáver de Prim fue expuesto durante tres días en la basílica de Atocha y Amadeo quién lo visitó en primer lugar a su llegada a Madrid el 2 de enero de1871, prestará luego juramento de guardar la Constitución de 1869.
Manuel Martínez Bargueño
(última revisión, abril 2012)


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