lunes, 10 de agosto de 2009

Las pinturas románicas de San Justo en Segovia

Segovia capital ofrece a la contemplación de los visitantes un buen número de iglesias románicas, entre quince y veinte, contando las situadas en el interior de la ciudad y las erigidas en los antiguos arrabales. El románico segoviano es un arte sencillo, por la pobreza de los materiales empleados en su construcción, siendo su elemento más característico los pórticos formados por arcos de medio punto, generalmente sostenidos por columnas pareadas que rodean el templo por uno o varios de sus lados y cuya función, civil o eclesiástica, bien pudiera guardar relación con las adversidades de un clima local extremadamente frío en invierno y caluroso en los meses de estío.

Normalmente el visitante de un solo día en Segovia conoce de paso la céntrica iglesia de San Martín, “acaso la más rica e importante de la ciudad”, según el marqués de Lozoya, sita en mitad de la calle Real, en la plaza del mismo nombre, comúnmente llamada “de las sirenas” o la impresionante y felizmente restaurada iglesia de San Millán, inspirada en el modelo de la catedral de Jaca, erigida en un barrio floreciente de pañeros y hoy integrada en el circuito urbano, a un paso de la estación de autobuses. Viajeros con más tiempo y bien orientados tendrán ocasión de girar también visita a la iglesia de San Esteban, con su airosa torre de seis cuerpos, “reina de las románicas de España”, según el juicio de Quadrado o la nobiliaria de San Juan de los Caballeros, salvada de la ruina por el ceramista Daniel Zuloaga que la adquirió en 1905 para taller y luego su vivienda y que hoy guarda el interesante Museo de Cerámica del insigne artista.

La propuesta que hoy formulamos para viajeros tranquilos y curiosos se refiere a una de las iglesias románicas hasta hace poco tiempo menos conocidas y frecuentadas, la de San Justo y Pastor, construida, en su tiempo, inicialmente como una simple ermita, en un arrabal habitado particularmente por pañeros en lo alto de un cerro sobre el barranco que da al Acueducto y cuya visita se ve hoy favorecida por la utilización del aparcamiento de coches de la plaza Oriental, desde cuya salida se divisa la torre de esta iglesia, tenida, con la de San Esteban como una de las mas bellas del románico segoviano.

Relata el marqués de Lozoya que de esta iglesia quedaban a mediados del pasado siglo, apenas el ábside y la torre, convertido el interior de la iglesia en un almacén de trastos viejos, cuando una circunstancia, en principio aciaga, el hundimiento de la bóveda de yeso, produjo la necesidad de su reparación, so pena de ruina definitiva. Las obras financiadas por la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Segovia depararon la grata sorpresa del hallazgo, al caer los revocos acumulados y desmontar la máquina barroca del retablo, -por cierto ¿ adonde fue a parar este retablo?- de una considerable extensión de pinturas al fresco que cubrían el ábside y presbiterio, relativamente bien conservadas y que al ser restauradas, se estimaron como “uno de los conjuntos más importantes de pintura románica en España, capaces de compararse con Tahull, Maderuelo, San Baudilio de Berlanga y San Isidoro de León”.

Animados por estas informaciones que hemos entresacado de diversas fuentes[1], nos dirigimos remontando los arcos del Acueducto hasta la calle de Ochoa Ondátegui, a cuyo término se encuentra el cuerpo principal de esta iglesia, abierta diariamente gracias a los buenos oficios de nuestro ya buen amigo Rafa, voluntario, como él se define, que te la enseña y explica “por la voluntad”. Su portada, precedida de amplio porche ofrece poco de particular y consiste en una triple arquivolta, la central con baquetón y las dos restantes con adornos de rosetas, que no hacen presagiar la riqueza mural de su interior. Otra cosa es su torre, situada en el lado norte y que conviene rodear para poder mejor apreciarla. Consta de tres cuerpos, el primero de mampostería y los dos superiores hechos en piedra caliza y decorados con dobles arquerías a cada lado. El remate final con tejadillo es un añadido del XVII que no la favorece. Son interesantes los capiteles de la torre con figuras mitológicas de animales fantásticos, pero no se pueden apreciar a simple vista.

El interior de la iglesia es de una sola nave a la que se adosa por uno de sus costados la gran capilla del Cristo de los Gascones, a la que luego nos referiremos. La iglesia está prácticamente exenta de decoración, por lo que las miradas de los visitantes convergen de inmediato en el ábside y en el tramo que precede a este donde se encuentra el conjunto de pinturas murales que datan, según el juicio de la mayoría de los autores que las han estudiado de finales del siglo XII o principios del XIII. En las obras citadas en nota a pie de página y especialmente en el estudio de Matilde Azcárate Luxán, se puede encontrar una completa descripción e interpretación de estas pinturas, de las que destacaremos, no obstante, sus rasgos más sobresalientes.

La parte central del ábside, lo que se llama la cuenca abisal, la mas restaurada, está ocupada por una representación del Pantocrator (Cristo en Majestad) circundado por una doble mandorla (o almendra). En el interior de la segunda mandorla, más ancha que la primera, se disponen los Veinticuatro Ancianos del Apocalipsis, tocados con coronas o bonetes y llevando en sus manos redomas o instrumentos musicales. Ya en su día, el Marqués de Lozoya llamó la atención sobre la forma en que aparecen estos Ancianos, que se cree simbolizan los veinticuatro libros del Antiguo Testamento (entiendo, más bien que son doce doctores del Antiguo Testamento y doce del Nuevo), colocados por parejas alrededor del Trono “disposición de la cual no conozco precedentes pictóricos ni escultóricos” y que bien pudiera ser de influencia francesa[2].

 


La representación del Pantocrator sigue el mismo modelo iconográfico. Cristo bendice con la mano derecha, teniendo cerrado el libro de la Vida en su izquierda. Su amplia vestimenta acentuada en rojo, destaca la impresión de majestad. Ocupando los cuatro ángulos el Tetramorfos (los cuatro evangelistas con sus símbolos: hombre, águila, león y toro).

La bóveda del presbiterio aparece ocupada en el lugar central por la representación del Agnus Dei o Cordero Místico, dentro de un círculo de fondo azul (clípeo) enmarcado con una banda de motivos geométricos en forma de dientes de sierra y sujetado por ángeles. Entiendo que su colocación en una superficie plana y rectangular es totalmente conforme con la dimensión cósmica del mensaje divino que irradia a todo el orbe conocido. A ambos lados se ven dos escenas de difícil interpretación. La de la vertiente norte de la bóveda se identifica últimamente con el Milagro de la Misa de San Gil, relatado en el Codex Calixtinus (los pecados de Carlomagno escritos en un papel depositado bajo el cáliz resultan “blanqueados” durante la celebración de la Misa).



La otra escena, la del lado de la Epístola es todavía de más difícil interpretación. No creo que se refiera a la vida y suplicio de los santos Niños Justo y Pastor, sino más bien a la difusión del mensaje evangélico por los Apóstoles, figurando, junto a Cristo, Santiago que lleva la concha de peregrino y la palma de su martirio.

Todas estas son especulaciones, pero lo cierto es que estas representaciones no son casuales sino que responden a una tradición iconográfica que se difunde por Europa hasta finales del siglo XIII, basada, según algunos, en la interpretación que del texto del Apocalipsis da Anselmo de Laon y que alcanza una gran expansión debido a los múltiples concilios del pontificado de Inocencio II para combatir la herejía de Anacleto.

Hay más pinturas en la iglesia, quizás de varias manos, realizadas en momentos diversos y bajo distintas influencias. Así, las del arco triunfal referentes al Génesis, aves, peces, elefante, Adán y Eva con la serpiente, Caín y Abel, perro y lobo, parecen de factura mas tosca y primitiva que las de los tramos rectos del presbiterio que incluyen escenas de la Pasión como la Sagrada Cena y el dinámico Prendimiento, donde el anónimo artista se permite alguna licencia artística, como la figura de Malco, de tamaño menor a las restantes, que se escapa fuera del cuadro y al que agarra Pedro como si fuera a caer. En estas escenas se notan otras influencias como las de las miniaturas del Beato de Ávila, bien vistas por Matilde Azcárate.

Estas escenas, composiciones y figuras, te las muestra y explica con voluntad y bonhomía nuestro buen amigo Rafa, que se ha aprendido bien la iglesia, después de muchos años de enseñarla y al que le puedes preguntar más cosas como por ejemplo, quien es el caballero enterrado en el sepulcro gótico del presbiterio (Pedro de Avela, oficial y criado de sus altezas el rey don Fernando y la reina doña Isabel), y cuya estatua orante cree el marques de Lozoya que es obra de Sebastián de Almonacid; que es lo que dice una lápida gótica en el muro norte de la nave (se refiere a una donación) de esta pequeña iglesia que debió en su día estar completamente cubierta de pinturas, como demuestran los restos de ellas en este mismo muro y que representa una Sagrada Cena, realizada ya en estilo gótico.

Todavía hay más cosas interesantes en este pequeño templo segoviano como la simpática portadita románica que da acceso a la capilla del Cristo de los Gascones que todavía guarda restos de policromía y en la que se relata el descubrimiento del Santo Sepulcro por Santa Elena. Los personajes que aparecen en escena son, de izquierda a derecha, un obispo sentado, dos mujeres que acompañan a Santa Elena, un altar y un monaguillo con incensario, también sentado. El Marqués de Lozoya la tenía como el mejor ejemplar de escultura románica de Segovia.
En el costado norte, adosada al cuerpo principal de la iglesia se halla la capilla barroca, a que aludimos anteriormente, construida en el siglo XVII (1660) por la munificencia del mercader de paños Juan Belez (o Vélez) de Arcaya y que consta de capilla, propiamente dicha, tribuna, sacristía y sala capitular 3. En esta capilla perteneciente a la Santa Esclavitud del Santísimo Cristo se guarda la imagen famosa del Cristo de los Gascones, talla articulada del siglo XII colocada en posición yacente dentro de una urna pero cuya finalidad era protagonizar un descendimiento durante la Semana Santa. Hace unos años tuve ocasión de ver representada en Madrid (Teatro de la Abadía) una recreación libre de esta ceremonia, en un espectáculo interesante, dirigido, creo recordar, por Ana Zamora con textos y músicas de época medieval.

Sobre esta imagen románica hay una leyenda que todos los segovianos conocen bien y es que hace siglos, algunos gascones (que algunos identifican con vascos) y alemanes (o sea, ultrapirenaicos) encontraron enterrada en la raya fronteriza entre España y Francia una imagen de Cristo. Deseosos cada grupo de llevarla a su país y al no ponerse de acuerdo, decidieron colocar la imagen sobre una yegua, a la que, cegada, dejaron circular a su albedrío. Después de muchas jornadas de viaje, la caballería y su preciosa carga llegaron a Segovia y, caminando por la calle que hoy se llama Santa, llegaron a la puerta de San Justo, donde el animal cayó muerto. Los extranjeros que acompañaron la imagen en este largo viaje decidieron dejarla en este lugar y quedarse ellos mismo a vivir por estos andurriales. A partir de entonces, la imagen salía en procesión el Viernes Santo, acompañada de una tropa de “armados” en recuerdo de aquellos gascones y alemanes que vinieron con ella.[4]

Esta imagen tuvo fama de terminar con las terribles sequías, como sucedió en 1683, el “Año del Milagro”, cuando, sacada la imagen procesional en rogativas por la lluvia se produjo el milagro de que lloviera sin parar durante varios días.
En la sala capitular destaca el cuadro de grandes dimensiones que representa el Descendimiento de la Cruz y que se debe al pintor madrileño, con obra en Segovia, Francisco Camilo[5], quien lo firma en 1660. En la bóveda hay otras pinturas que no puedo ver bien y que pudieran ser también de este mismo maestro. A lo largo de este salón cuelgan otras pequeñas pinturas, carentes de mérito, donadas por los hermanos de la Cofradía de la Santa Esclavitud o  por don Diego Ochoa Ondátegui y su mujer doña Catalina de la Cruz Berrio y Salinas, en el siglo XVIII. Algunas de estas ingenuas pinturas proceden, según nos cuenta Rafa, de un taller local que, al parecer estaba en Cuellar y cuyo maestro era un tal Quintanilla.

Por último, digamos que en el lado opuesto, el de la Epístola se abre un pequeño espacio, la capilla del baptisterio, sin más contenido que una pila bautismal hecha en piedra y sobre ella un cuadrito de San Alfonso (o Alonso) Rodríguez, santo jesuita, patrono de Mallorca, nacido en Segovia y aquí bautizado [6]. Antes que santo, fue Alonso mercader de paños y honrado padre de familia pero al morir su esposa e hijos ingresó en la Compañía, de la que llegó a ser coadjutor y alcanzó, a través de ella, como dice el Marques de Lozoya “las cumbres de la santidad”.

Si has llegado, amigo, amiga, a leer hasta aquí, en ejercicio de paciencia que te agradezco, te recomiendo, que en tu próxima visita a Segovia dediques unos minutos a visitar esta interesante iglesia, declarada Bien de Interés cultural en 1996 y, especialmente a apreciar su conjunto de pinturas románicas, únicas conservadas “in situ”, con la seguridad de que no saldrás defraudado.

© Manuel Martínez Bargueño

Agosto, 2009 (última revisión del texto, junio 2012).


Si te ha interesado este artículo y quieres preguntar, comentar o aportar algo al respecto, puedes escribir a mi dirección de correo electrónico manuelblas222@gmail.com con la seguridad de que serás atendido de inmediato.

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Gracias. Manuelblas

NOTAS

[1] Particularmente las siguientes: Marqués de Lozoya “Las pinturas románicas de la iglesia de San Justo de Segovia”. Publicaciones de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Segovia 2º edición, noviembre 1970; Manuel González Herrero “El Cristo de los Gascones o Cristo de Segovia"; Matilde Azcárate Luxán “Las pinturas murales de las iglesias de San Justo y San Clemente de Segovia. Caja Segovia. Obra Social y Cultural, 2002.

[2] En concreto, la semejanza se da con las pinturas murales de la catedral de Saint-Cyr en Nevers (Borgoña), que datan de mediados o de la segunda mitad del siglo XII, que, a su vez, son similares a ciertas iluminaciones del Liber Floridus de Lambert de Saint Omer, cuyo manuscrito de Zwiefalten data de la misma época. Idéntico esquema iconográfico se da también en las pinturas de Chalivoy-Milon, en Bérry, a 50 kms. de Nevers, lo que denota la existencia de un modelo local que se mantiene hasta finales del siglo XII y que pudo “exportarse“ hasta la iglesia segoviana durante la repoblación de gentes procedentes de allende los Pirineos. Recuérdese que el primer repoblador de Segovia fue el conde Don Ramón de Borgoña (hacia 1088), gran amigo de los cluniacenses, que el primer obispo de Segovia, Pedro de Agen era francés y que la presencia de franceses en la historia local data de los primeros tiempos de la repoblación, contándose en Segovia con un barrio para estos pobladores ultramontanos.

[3] Así lo recuerda una lápida que dice ”Juan Vélez de Arcaya costeó esta sala con tribuna, sacristía y bóveda para la Santa Esclavitud del Santísimo Cristo en el Sepulcro, año de 1660. Restaurado año 1929”. La capilla se engrandeció y enriqueció en 1703 por suscripción pública, convocada por los regidores del Ayuntamiento. (González Herrero, ob.cit)

[4] Léase esta leyenda en el libro “Tradiciones segovianas” de Gabriel María Vergara Martín, número 3 de la Colección San Frutos.

[5] Francisco Camilo nació y murió en Madrid (1615-1673). Era hijo de un pintor florentino, Dominico Camilo, que participó en la obra de El Escorial. Pintó para los Reyes de España en el Alcázar de Madrid y para conventos madrileños. Su obra es abundante, aunque de desigual calidad, dentro de un barroquismo que pudiéramos llamar apasionado y de exagerado movimiento. En el Museo del Prado se guardan varios cuadros suyos de tema religioso que dieron lugar a una iconografía muy popular en su época y otros se encuentran cedidos en deposito a diversas instituciones. Su producción para la ciudad de Segovia fue elevada y ha sido estudiada por Pérez Sánchez, Collar de Cáceres y Tabar de Anitúa. Entre las obras segovianas destacan las realizadas para el Santuario de la Fuencisla.
[6] En el Museo Rodera Robles he visto otro pequeño cuadro de este santo jesuita.